Friday, July 23, 2010

Sopa de caracol

– No creo en las alcaparras – dijo.

Cual si fuera el elixir de los dioses mediterráneos, él llenaba su boca de bolitas verdes que sabían a vinagre de manzana. Yo hacía vapor de aliento en la ventana y con la cara entre las manos miraba a través del cristal a una anciana cruzando la calle. La señora tenía el pelo engominado y se alzaba un rodete sobre su coronilla. Vestía una falda ancha con flores amarillas que me recordó a los campos de acacias en primavera. Tuve el impulso de correr hacia la señora y oler su falda. Fue uno de esos impulsos que duran un segundo y se bloquean al instante con la imagen ridícula de verme arrodillada, oliendo la falda de una anciana. A menudo me asaltan en el tren. Impulso de reírme de un chiste ajeno, impulso de un abrazo, impulso de un comentario sobre un libro excepcional que ojea un señor de bigotes a mi derecha, impulso de preguntarle porqué sufre a la chica que llora con la frente en la ventanilla, impulso de tocar una peca muy rara en el mentón de un pibe con antejos. Impulsos. Todos bloqueados.

– ¿En qué estás pensando? – dijo.

Desconsiderados aquellos que piden explicar pensamientos.

En anteojos – respondí con precisión.

Lo más difícil de explicar pensamientos es la fidelidad. Hay que ser riguroso en contenido pero discursivamente coherente y a menudo eso es incompatible.

Ser fiel a la meditación y a aquellos que piden explicar pensamientos resiste un fin adaptativo. Por eso hay que pensar en soledad…o en compañía de seres no inquisidores. Cuando tenía nueve años pensaba con cuatro caracoles. Una tarde de lluvia los encontré trepándose por el caño de una bicicleta sin ruedas que teníamos en el patio de casa. Busqué un frasco grande, le hice agujeros en la tapa y me pasaba horas pensando con los caracoles.

Ellos pensaban mientras se arrastraban pegados al vidrio dejando a su paso una estela de baba. Nunca se me ocurrió preguntarles en qué pensaban. Quizás eso hubiera evitado que murieran una semana después de inanición. Lo más difícil de los seres no inquisidores es que no pueden decirte cuándo tienen hambre. Eso si sería adaptativo.

– ¿No ves bien? – dijo.

– A veces –

No era una mentira completa. Siempre me pregunté cómo podía estar segura de que veía bien. O de que oía bien. ¿Como podía estar segura de que mis oídos percibían los mismos matices sonoros que otro par de oídos cuando escuchaban el agua caer o unos leños quemarse? ¿Cómo podía estar segura de que mis ojos eran capaces de captar el brillo e intensidad de los colores o el contorno de las figuras con idéntica exactitud al de otro par de ojos? Y aún si pudiera estar segura de la identidad de percepción...

...¿Sería eso ver bien?

– Te puedo acompañar a comprar unos anteojos – dijo.

Me gusta la palabra acompañar. Quizás porque suele asociarse a una buena acción. Te acompaño. Acompañar suena como escolta, en el dolor o en la felicidad. Acompañar para ayudar o proteger a quien se estima. Acompañar un plato caliente con un buen vino, para juntar dos partes con un fin superior. Acompañar para construir en la unión y al fundir, elevar.

– Bueno, ¿Vamos yendo compañera? – dijo cuando se terminó las alcaparras. Miré sus ojos y sonreí.

Me gusta cuando explica mis pensamientos sin preguntar.

Sunday, April 11, 2010

11:46

Dame más segundos y una abrochadora, quiero engancharlos y hacerme una estola que me proteja de la desdicha. Me he hecho un abrigo de tiempo de una calidez casi visceral que barre con los bordes el suelo borrando huellas. Ya no sé de donde vengo, ya nadie puede escoltar mis pisadas. Arrastro los zapatos marchitos y quemados de andar entre antorchas otoñales que cubren las veredas. La genialidad del infortunio es que se cuela en la memoria como la araña que en sigilo se mete por mi ventana y me saluda en las mañanas peinándose la barriga tan tranquila y sosegada. Ya no sé a donde voy, nadie me advierte como sigo ni como vuelvo. Camaradas, me olvidé cual fue el último de mis pies que tocó el suelo. No puedo averiguar si alguna vez se arriesgaron a tal emprendimiento, si recuerdo tus hombros oliendo a té de canela y que tienes almendra por nuez con una peca dorada. Era el izquierdo. En la vereda un gato baila tap con sus patitas manchadas y se atiza los bigotes frotando el morro entre unas petunias. De a saltos persigo las cataratas de parra que tapizan los muros de ladrillos bergamota. Mis tripas protestan arrugadas y el hambre se instala con casco y estaca. Marchando tropiezo con la estola y decido convidar cual ofrenda personal solo un trozo de mi abrigo al estomago que alzado en armas me amenaza. Desgarro entonces mi capote de tiempo y unos cuantos instantes riegan los adoquines mientras mi esófago se deleita con docenas de momentos que son como galletas de arroz con sabor a vino blanco. Me admiro con la lumbre que estalla en el confín de edificios que pueblan la cuadra, cae el sol en silenciosa agonía y me dejo llevar con los ojos cerrados hacia la luz naranja. Las notas de un piano arrojan a mis orejas la quietud de los ciruelos que mueren en la brisa acanalada. El diente canino persigue a la pulga que persigue al perro que se persigue el rabo con ansiedad desbordada y un profundo temor, pues si de pronto la atrapara quedaría inmerso en la desesperanza. Perseguimos aquello que sabemos no podemos apresar, perpetua y suculenta búsqueda de la mismidad.
Apresuro el paso cuando mi vientre otra vez constriñe de forma violenta a comerse mi capa. Estrujo las mangas despacio y espolvoreo mi boca con semanas verdes y moradas que descienden milagrosas saciando apenas el hueco en mi panza.
En la caminata llegan las estrellas, revolotean boca abajo, traman la contienda de una guerra galáctica que me encontrará fuera de casa, si es cierto que tengo una casa. Así que es posible que sucumba en batalla y me arrodille a contemplar mis amigas las hormigas que descienden a las nadas subterráneas.
En mi mente su rostro con la barba amontonada, imagino un imán poderoso que arrastra mis nudillos a su cara y sin querer quererlo devoro el resto de mi traje de una bocanada.
De mi abrigo de tiempo solo existe el cordón que lo ataba a mi cuello vehemente de ganas. Ya no me quedan menudencias temporales ni alimento. Ya no tengo estola que borre mis huellas. Ya no hay ropaje que me resguarde del mal augurio que vaga entre el cogito y el alma. Cosecho las migajas de épocas ajenas como lana y empiezo a tejerme un nuevo traje de ratos para esta temporada.

Wednesday, February 10, 2010

Placer In Utero

En el agua nadaba un frasco de garbanzos, sin garbanzos. Mirar el horizonte en horizontal puede ser ambiguo. Ver en un solo plano puede ser ambiguo. Entonces levanté mi cabeza tan rápido que un latigazo azotó mi columna hasta la nuca y el mundo giró noventa grados a la derecha. El panorama era glorioso, de proporción áurea a mis sentidos, de tan inusitada perfección natural que amenazaba con mudarse en una ilusión fugaz. El aire olía metálico, el yodo saturaba toda membrana mientras se derrumbaba el sol en mi espalda y junto con el, se derrumbaba mi espalda.
No escucho el tiempo porque no existe cuando estoy ahí. Pienso que un titánico reloj de arena se quebró y el polvo se colmó en playa, por eso el mar no tiene tiempo. Por eso el vidrio se hace espejo frente al cielo naranja.
Soy cómplice y espectadora del paisaje cuando escupe mi retrato tan claramente que duele el pellejo que arropa la substancia.
Lo naranja del cielo me provoca a ver mas adentro, entre tinieblas. Pero la oscuridad es necesaria, me digo, para saber apreciar la luz. Entonces ahuyento las certezas que se presentan como luciérnagas vivas cruzando la arteria aorta. Bestias crueles, yo no quiero certezas. Quiero vivir en la confusión de la duda, en el jardín del escepticismo y la ambigüedad en el horizonte. Quiero ser timada por mi percepción y nunca tocar la magia que mora en mi completa-ocre ignorancia.
Ahora si, respira.
El cielo se apaga de a poquito porque un cúmulo de nubes grises lo alfombran. En el fondo, un relámpago fractura la distancia y dibuja el contorno de lo que podría ser una escalera. Cierro los ojos porque el viento que trae la lluvia abraza mi cara y cuando solo veo mis párpados por dentro, y cuando todo es azabache…suenan teclas de un piano alegre y dichoso. Suenan semillas tostadas cayendo en un cuenco de plata. Escucho caer las gotas sobre el agua. Como si leños ardiendo me rodearan en una gran fogata de agua dulce y sus chispas se hundieran en la mar salada.
El exquisito compás que se propaga me llama y la canción me empapa. Desvestida camino entre la lava helada hasta que la amalgama violácea cubre mi garganta.
Me envuelven escamas de sal. Si todo era ambiguo en la orilla, más turbio se vuelve entre las olas que mueven mis brazos flotando en el agua. Es confuso. ¿Acaso el cielo se roba el océano? Una fuerza poderosa, casi magnética, absorbe el mar que sube en forma de gotas a poblar el firmamento donde explotan finos destellos azules. Mientras, el aliento se exalta entre el calor y el frío que se arremolinan violentamente alborotando la piel y cierro los ojos y ya no veo nada. Redención, libertad y calma. El refugio cristalino para el alma.
Yo no quiero certezas, quiero torbellinos de agua clara, quiero ver gentíos como peces en manada, ser observadora de tan gallarda cruzada. Divina razón! Quiero no querer…y si no, no quiero nada.
Una figura lejos, en la orilla, agita sus brazos. Me llama.
Ya voy!
Mis pies se despiden de la playa.

Monday, March 30, 2009

Cuatro estaciones

Un cadáver exquisito se sacude en mi cabeza. Agita fémur, falanges y mastoïdes. Ya no es el pájaro azul, ya no es el enanito verde del cascanueces. Este es nuevo, un fantasma que roza la seriedad en la oscuridad cálida y frágil de la mollera. Estírate, ahora. Relaja tus rodillas, pues cuatro verdades tengo esta vigilia y dejaré que bajen por mis hombros en tobogán hasta las letras. Es verano y Ella sigue aplacando las angustias con un trozo de sandía que mancha el mantel dejando huella. Luego cuelga el mantel en la soga y se sienta en un banquito de tres patas, enciende un cigarrillo y ve como el viento sacude sus angustias, condensando la humedad en deformes círculos color de rosa. Y Ella sonríe, achina los ojos al sol y contempla sus pestañas. Mi primera verdad de esta vigilia: el viento estival convierte las angustias en flores rosadas. Cae el otoño con sus tostados atardeceres y llega el tiempo de la recolección de setas. Caza de bullets. En el bosque hay montones de diferentes colores, sabores y formas. Se usa una cesta de mimbre. Así, cuando los hongos bailan en agonía dentro de la cesta liberan las esporas, óvulos micóticos que se mezclan entre las agujas secas del pino. De esta manera los bejines moribundos se aseguran de dejar descendencia para la próxima cacería. Cuan generosos son estos moneras. Tiempo de trazar experiencias. Ella trae en su cesta millares de segundos, la cesta tiene agujeros y por ellos van manando sus segundos. Goteando caen al suelo, porque el suelo es inevitable. He aquí la segunda verdad de esta vigilia. La desesperanza mas autentica es la leña que dejan las plantas de los pies cuando el suelo quema y no se puede escapar de él, porque en definitiva, es ineludible. Pero la ceniza de esa leña siempre es fecunda, dejando secuela para la próxima cacería.
Nívea piel de porcelana introduce el invierno. clock, Cloe, clock. Ella se acerca a la barra. Sus labios rojos demandan atención y chorrean ganas. Las uñas parecen cerezas. Su pelo es Medusa que le rasguña la espalda. Rasga su aorta el sentimiento, insoportable apremio que adormece en un vaho de tacones y venganzas. Esa venganza destructiva que le consume y le arrastra como un tronco hueco en la corriente. ¡Y que tentación es la venganza! Permanece escondida, al acecho, resurgiendo en cada escepticismo que conduele y distrae del blanco.
Tercera verdad de esta vigilia: la venganza es tan útil como el constructivismo utópico:¿Probamos hacer
una luna con bloques de lego?
Y llueve la primavera colorida y ambiciosa. Hay vida en los adoquines pero Ella espera a que salga el sol sobre la arena dorada. Sentada en cansancio y molestia mueve en vaivén su pie derecho mientras musita algún discurso cuando los pensamientos afloran. Sus ojos se desorbitan. La señal de la espera es inconfundible, casi autista, casi ciega. Anémica o provechosa sigue siendo espera, continua y eterna. Ella siempre está esperando. Ni siquiera el desaliento puede digerir sus expectativas, pues aún desanimada espera el fin...o es el fin quien la espera a Ella?
Yo miraba el calendario y hacía tiempo cuando torpes verdades se deslizaban por mis hombros y aplastaban las teclas. Hacía tiempo. Cuarta y última verdad de esta vigilia: Si el tiempo se hace, entonces no esperas. Quiero un horno de tiempo, pero que sea a leña.

Tuesday, March 03, 2009

Contusión

Faltaban exactamente veintitrés minutos para que se escuchara el ruido que venía del otro lado de la pared. El ruido con el que empezaría la cuenta atrás. En la radio anuncian lluvia, granizo y vientos fuertes. Bea corre a bajar las persianas, desenchufa la nevera y se sienta en la cama a esperar el ruido que siempre viene del otro lado de la pared. Mira las manecillas del despertador y ve el tic- tac del segundero. Observa como el semáforo de afuera regala colores discontinuos a la pared. Imagina el escenario de un baile de orugas danzantes con columpios y trompetas que tocan “la mélodie de l’incendie” para las lombrices gordas que se sacuden deleitando la parte de atrás de los ojos de Bea. Una tira de mariquitas interrumpen la escena moviendo sus patitas traseras en un batir de alas y forman un círculo concéntrico que se transforma en filas de infinitos vibrantes. Pronto las orugas se desgarran y mutan transformándose en preciosas mariposas de colores brillantes que se escapan por los agujeros de la persiana. Adiós orugas. La pared se ha muerto. Entonces Bea la decora con sus pies y recostada, mira el techo mientras espera el ruido que a veces viene del otro lado de la pared. Un señor con turbante camina sobre la orilla de yeso que encierra el techo, le siguen dos camellos y un avestruz. Por el otro extremo aparece un carromato de gitanos a todo galope. En su camino desbocado va perdiendo estrellas que suenan como las gotas que caen afuera. Bea quiere advertirles que chocarán con el señor del turbante, con sus camellos y su avestruz pero no lo logra y la coalición hace un estruendo que suena como los truenos que rompen el cielo afuera. En el impacto el señor pierde el turbante que se despliega en una sabana azul que todo lo cubre y se convierte en una masa amorfa que resbala por el canto del techo y se escapa por una grieta con forma de boa tropical. El techo ha muerto. Bea se estira boca abajo, se sostiene el mentón con sus manos pequeñas y desliza la mirada por el piso de granito y remolacha. Se mantiene expectante pues aún espera el ruido que nunca viene del otro lado de la pared. Del suelo brotan como tulipanes protuberancias coloradas justo al lado de la cama. Se mueven como peces y cada vez hay más. Se multiplican y se agitan en el charco de granito y remolacha que inunda el cuarto de Bea. Docenas de estos animales acuáticos con aletas oscuras y filosas comienzan a desprenderse del suelo como si una fuerza les elevara emergiendo del agua de remolacha segmentada. Escalan flotando en el aire que los infla hasta tornarse en burbujas coloradas que estallan provocando un sonido como el de las ramas de un roble balanceándose al viento. El suelo ha muerto.
Se ha agotado el tiempo de espera y Bea se inquieta. De un salto pega la oreja al muro, cierra los ojos y respira la calma.
Nada oye ni oirá, a menos que suene en sus sueños de vigilia.
Los tímpanos de Bea están muertos.

Monday, February 16, 2009

Leaving on a jet plane

Leí que la nostalgia de algo es la tristeza de ya no poder volver a vivirlo por primera vez, leí que la tristeza es el ahogo en el océano de las libertades y leí que las libertades son un feto del libre albedrío cuyo cordón umbilical es la memoria y el sentir es su alimento.
Y sentir es un tostón. Si, una tostada grande.
Se me ocurren un montón de preguntas para hacerte y de ninguna quiero saber respuesta. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste la convicción del triunfo? ¿Sigues chupando caramelos de choco menta? ¿Habrás entendido que nada aparenta una razón envuelta en percudidas gasas de ironía?
Seguro supiste aprender con tu idolatrado sofismo a que el viento te lleva ante el barrunto. No es casual que entre la médula de la razón y el núcleo del alma esté tu boca. Allí es donde presencias el sufragio como mero observador de una autonomía tardía y en estocada final, no eres tu quien decides. Quien decide es tu garganta. ¿Pensaste entre el humo de tabaco que te abraza, cuando es solo el humo quien te abraza? Mi humo te saluda y te rechaza.
No es difícil comprenderte, pero envenenas distancias. Pretendes estar siempre dos palmos por encima y eso es extraordinario, tan fenomenal como quimérico. Mirar siempre hacia arriba, cansa. ¿Por qué quitas rédito a las voces que por las noches te susurran en confianza?
En algún lugar distante entre las costillas flotantes y el esternón aún me quedan ganas, enredadas entre musgo seco y `algo´ que por siempre recordemos. ¿Alguna vez sentiste las ganas pegadas en tu esternón? Yo las escucho moverse y son violentamente devoradas como un conejo que rasga con sus dientecitos delanteros la piel del rostro de lo que posiblemente es otro conejo. ¿Te agrada aún columpiarte entre realidades grises y gastadas?
Como aquel que vivía en la calle par y miraba enfrente. Allí había una casa donde las habitaciones parecían grandes con tanta luz que opacaba el día, desde donde se podía oler la magia. Pero las habitaciones eran pequeñas, la casa oscura y su habitante miraba enfrente.
En un tremolar de sentimientos la sentencia se alborota, se desata pero nunca se desmiente, como nunca se refuta, como jamás se mata.
Súbete al bote de las desgracias ajenas y haz de ellas una algarabía. Finge que es sordo el lamento, vuela a la cima de tus certidumbres y atrapa fantasmas con una espumadera.

¿Dónde te enseñaron que para recuperar el amor propio hay que lapidar el impropio?. Despierta y sonríe pues vives en la calle par y algún día tendrás que ver…
...si era mejor enfrente.

Sunday, February 01, 2009

Gero is a Hero

Cuando el cemento canta bajo tus pies en la inmensidad de un silencio dormido aún con ojos abiertos, recita la poesía sabia e ignorante de un dolor profundo y delicioso, carisma de un espíritu libre.
Musa de la deserción, mirando las llamas encendidas de un horizonte que fue pasado, palabras se mueven en mi mente que el belfo atormentado no se atreve a controlar. Ya es tarde pero ellas, sibilas del destino inspiran al abismo de la memoria.
El paquidermo llamó mi puerta pero había demasiados escalones y el lápiz se hacía cada vez mas irresistible. Persistí. Al yodo. Al humo. A las agujas y a mi ansiedad por detenerlas.
Pero el hueco seguía vacío. Claro. Por eso es un hueco. Allí donde se encuentran monólogos y desiertos, diálogos y gentíos. Entre las siniestras clavijas de un piano y las teclas sordas de un violín. Persistí. A la pasión. Al abandono. A la certeza de estar plenamente equivocada. A la necedad de que las palabras dan soluciones, no rechazos.
Creía que el amor era algo así como el acero inoxidable, que las penas no eran mas que meros espejos de la felicidad inalcanzable. Pero no voy a ser víctima de esa enfermedad.
Mis pensamientos se anudaban en las olas cuando mis pitonisas subían y bajaban, dejando policromas destellos …
Sincera y efímera corazonada de un deja-bú. Pero no. No era. Porque no había rocas, ni ojos mirándome como pidiendo una explicación que no existía.
Porque en el camino las tachuelas son invisibles y solo te das cuenta de que existen cuando las pisas y las estrellas te son insuficientes para plasmar tu desconsuelo.
Sé que arcaísmos como este traen problemas, se que suenan como el siniestro de un enigma personal. Son desgastantes y funestos, son defensivos y grotescos. Y aún así, los guardare como un sabroso y tierno brote de un lápiz sin remedio. Porque me fascinan los adjetivos y son mi mejor regalo, mi más íntima carta de presentación. Persistí a tu futuro prejuicio y a tu capacidad de mirar pero no ver nada aquí. Persistí a mi lirismo frío y seco como el invierno. A mi corazón de alpaca helada aún en Enero.
Ya se fundía el oro en la oscuridad creciente, me preguntaba … por esa falta perpetua del límite, me preguntaba esa palabra que nació para dar respuestas aunque cada vez que comienza a oírsele respirar, aquella finalidad parece inalcanzable … ese “¿porque?” me preguntaba …
Pero hoy es día de reconciliaciones, no de venganzas.
Por ello le canté una canción de cuna y la dejé dormir para que algún otro como vos la despierte.