– No creo en las alcaparras – dijo.
Cual si fuera el elixir de los dioses mediterráneos, él llenaba su boca de bolitas verdes que sabían a vinagre de manzana. Yo hacía vapor de aliento en la ventana y con la cara entre las manos miraba a través del cristal a una anciana cruzando la calle. La señora tenía el pelo engominado y se alzaba un rodete sobre su coronilla. Vestía una falda ancha con flores amarillas que me recordó a los campos de acacias en primavera. Tuve el impulso de correr hacia la señora y oler su falda. Fue uno de esos impulsos que duran un segundo y se bloquean al instante con la imagen ridícula de verme arrodillada, oliendo la falda de una anciana. A menudo me asaltan en el tren. Impulso de reírme de un chiste ajeno, impulso de un abrazo, impulso de un comentario sobre un libro excepcional que ojea un señor de bigotes a mi derecha, impulso de preguntarle porqué sufre a la chica que llora con la frente en la ventanilla, impulso de tocar una peca muy rara en el mentón de un pibe con antejos. Impulsos. Todos bloqueados.
– ¿En qué estás pensando? – dijo.
Desconsiderados aquellos que piden explicar pensamientos.
– En anteojos – respondí con precisión.
Lo más difícil de explicar pensamientos es la fidelidad. Hay que ser riguroso en contenido pero discursivamente coherente y a menudo eso es incompatible.
Ser fiel a la meditación y a aquellos que piden explicar pensamientos resiste un fin adaptativo. Por eso hay que pensar en soledad…o en compañía de seres no inquisidores. Cuando tenía nueve años pensaba con cuatro caracoles. Una tarde de lluvia los encontré trepándose por el caño de una bicicleta sin ruedas que teníamos en el patio de casa. Busqué un frasco grande, le hice agujeros en la tapa y me pasaba horas pensando con los caracoles.
Ellos pensaban mientras se arrastraban pegados al vidrio dejando a su paso una estela de baba. Nunca se me ocurrió preguntarles en qué pensaban. Quizás eso hubiera evitado que murieran una semana después de inanición. Lo más difícil de los seres no inquisidores es que
no pueden decirte cuándo tienen hambre. Eso si sería adaptativo.
– ¿No ves bien? – dijo.
– A veces –
No era una mentira completa. Siempre me pregunté cómo podía estar segura de que veía bien. O de que oía bien. ¿Como podía estar segura de que mis oídos percibían los mismos matices sonoros que otro par de oídos cuando escuchaban el agua caer o unos leños quemarse? ¿Cómo podía estar segura de que mis ojos eran capaces de captar el brillo e intensidad de los colores o el contorno de las figuras con idéntica exactitud al de otro par de ojos? Y aún si pudiera estar segura de la identidad de percepción...
...¿Sería eso ver bien?
– Te puedo acompañar a comprar unos anteojos – dijo.
Me gusta la palabra acompañar. Quizás porque suele asociarse a una buena acción. Te acompaño. Acompañar suena como escolta, en el dolor o en la felicidad. Acompañar para ayudar o proteger a quien se estima. Acompañar un plato caliente con un buen vino, para juntar dos partes con un fin superior. Acompañar para construir en la unión y al fundir, elevar.
– Bueno, ¿Vamos yendo compañera? – dijo cuando se terminó las alcaparras. Miré sus ojos y sonreí.
Me gusta cuando explica mis pensamientos sin preguntar.


